El edificio sí tiene cámaras… pero nadie vio nada

El edificio sí tiene cámaras… pero nadie vio nada

Hay una frase que aparece casi automáticamente cada vez que sucede algo en un condominio:

“Pues revisen las cámaras.”

Desapareció un paquete: revisen las cámaras.

Rayaron un coche: revisen las cámaras.

Entró alguien que nadie reconoce: revisen las cámaras.

Se llevaron algo: revisen las cámaras.

Apareció una bolsa de basura en donde no debía: también revisen las cámaras.

Y en ese momento pareciera que todo quedó resuelto.

Porque tenemos una fe extraordinaria en las cámaras de seguridad.

Como si por el simple hecho de estar instaladas necesariamente estuvieran grabando, grabaran bien, conservaran la información suficiente y, además, estuvieran apuntando exactamente al lugar donde sucedió el problema.

Quienes administramos sabemos perfectamente que no siempre es así.

Después viene esa conversación maravillosa:

—¿Ya revisaron las cámaras?

—Sí.

—¿Y?

—No se ve.

Y entonces empieza otro problema.

“¿Cómo que no se ve?”

Pues no se ve.

Porque resulta que la cámara apunta veinte centímetros más arriba.

Porque la imagen está oscura.

Porque justo ese equipo dejó de grabar.

Porque el disco duro solamente guarda determinado número de días.

Porque el sistema perdió conexión.

Porque nadie detectó que una cámara llevaba semanas sin funcionar.

O simplemente porque las cámaras tampoco hacen milagros.

Y aquí hay algo que tenemos que empezar a entender en los condominios: tener cámaras no significa tener un sistema de seguridad.

Significa tener cámaras.

Nada más.

Para que realmente funcionen como parte de un esquema de seguridad necesitan mantenimiento, supervisión, almacenamiento suficiente, protocolos, personal capacitado y revisiones periódicas.

Y eso último casi nunca se considera cuando se aprueba la compra.

En las asambleas nos encanta inaugurar cosas.

“Vamos a instalar 20 cámaras nuevas.”

Perfecto.

Se cotizan.

Se compran.

Se instalan.

Se toman fotografías.

Todos felices.

Pero rara vez alguien pregunta:

¿Quién va a revisar periódicamente que estén grabando?

¿Cuánto tiempo queremos conservar las imágenes?

¿Tenemos suficiente almacenamiento?

¿Quién puede acceder a las grabaciones?

¿Qué hacemos cuando una cámara falla?

¿Existe presupuesto para mantenimiento?

¿Cada cuánto tiempo se revisará el sistema?

Eso ya no es tan emocionante.

Pero precisamente eso es lo que hace la diferencia entre tener un montón de cámaras pegadas en las paredes y contar realmente con un sistema útil.

He visto edificios con una cantidad impresionante de tecnología.

Cámaras por todas partes.

Control de acceso.

Biométricos.

Aplicaciones.

Pantallas enormes en vigilancia.

Y después descubres que la contraseña del sistema está escrita en un papelito junto al monitor.

O que nadie sabe quién tiene acceso.

O que el DVR lleva meses marcando una falla que nadie atendió.

O que existen 40 cámaras, pero solo 27 están grabando.

Ahí está el verdadero problema.

Porque además las cámaras producen una sensación de seguridad que puede resultar engañosa.

“Hay cámaras.”

“Todo está grabado.”

“Seguramente vigilancia lo vio.”

No necesariamente.

Una cámara no sustituye un buen control de acceso.

No sustituye recorridos.

No sustituye personal capacitado.

No sustituye protocolos.

No sustituye una reacción adecuada ante una emergencia.

Y definitivamente no sustituye algo tan básico como preguntar quién entra, a dónde va y quién autorizó su acceso.

Podemos llenar un edificio de tecnología y seguir siendo vulnerables si la operación es mala.

Y esto se vuelve especialmente importante cuando ocurre un incidente serio.

Porque entonces aparecen expectativas que ningún sistema puede cumplir.

Hay quien cree que una cámara de vigilancia funciona como en las series de televisión.

“Acérquenle.”

“Más.”

“Ahí está.”

“¿Puede ver la placa?”

“¿Puede verle la cara?”

No.

Si la cámara estaba a veinte metros, de noche, con una resolución limitada y la persona llevaba gorra, probablemente no vamos a convertir ocho pixeles en fotografía para credencial de elector.

No importa cuántas veces apretemos el botón de zoom.

La tecnología tiene límites.

Y también hay que explicarlos.

Otra situación bastante frecuente ocurre cuando la grabación que alguien necesita ya no existe.

“Fue hace tres semanas.”

Y resulta que el sistema conserva siete días.

Entonces viene la indignación:

“¿Cómo que ya se borró?”

Porque los equipos tienen capacidad de almacenamiento y normalmente van sobrescribiendo las grabaciones anteriores.

Si el condominio quiere conservar 15, 30 o 60 días, eso tiene que diseñarse, presupuestarse y configurarse.

No aparece mágicamente porque ocurrió algo importante.

Y aquí está otra parte que muchas comunidades olvidan: un sistema de videovigilancia también cuesta después de instalarse.

Requiere discos.

Equipos.

Reemplazos.

Configuraciones.

Cableado.

Actualizaciones.

Servicio técnico.

Y eventualmente renovación.

Porque una cámara que se instaló hace ocho años no necesariamente sigue ofreciendo la calidad o confiabilidad que necesitamos hoy.

También debemos hablar del acceso a las grabaciones.

Porque no, las cámaras del condominio tampoco deberían convertirse en Netflix vecinal.

No cualquier persona debería poder llegar a vigilancia y decir:

“Quiero ver qué hizo mi vecino ayer.”

Las grabaciones pueden contener imágenes de residentes, visitantes, trabajadores, proveedores y terceros.

Por eso debe existir un protocolo claro para su consulta, conservación y entrega.

¿Quién puede revisarlas?

¿En qué circunstancias?

¿Quién autoriza?

¿Se permite sacar copias?

¿Durante cuánto tiempo se conservan?

¿Existe registro de quién accedió?

Todo eso debería estar definido antes del problema.

No después.

Porque después del problema todo mundo quiere convertirse en investigador.

Y sí, también conocemos al vecino detective.

El que se sienta frente al monitor:

“Regrese.”

“Pausa.”

“Ahí.”

“Zoom.”

“Ese señor se me hace sospechoso.”

Y uno viendo al pobre repartidor que solamente estaba buscando el 304.

Las cámaras pueden ser una herramienta extraordinaria.

Ayudan a reconstruir hechos.

Permiten verificar accesos.

Sirven para detectar fallas operativas.

Pueden aportar información importante ante un incidente.

Pero no son magia.

Y mucho menos sustituyen una estrategia completa de seguridad.

Después de tantos años administrando edificios, para mí la pregunta correcta ya no es:

“¿Tenemos cámaras?”

La pregunta es:

“¿Nuestro sistema funciona cuando realmente lo necesitamos?”

Porque puedes tener cincuenta cámaras y cero seguridad.

O puedes tener un sistema más sencillo, pero bien mantenido, con personal capacitado y protocolos claros, que resulte muchísimo más efectivo.

Seguridad condominal no es comprar aparatos.

Es tener procesos.

Es revisar.

Es prevenir.

Es capacitar.

Es mantener.

Es saber cómo reaccionar.

Y, sobre todo, es dejar de creer que porque vemos veinte cuadritos en una pantalla alguien necesariamente está viendo todo lo que ocurre dentro del edificio.

Porque normalmente descubrimos la verdad exactamente cuando sucede algo.

Todos corren a revisar las cámaras.

Se abre la grabación.

Se busca la hora.

Se cambia de cámara.

Se adelanta.

Se regresa.

Y entonces aparece esa frase que ningún administrador quiere pronunciar:

“Justo esa cámara no estaba grabando.”

Y ahí sí…

que Dios nos agarre confesados en el grupo de WhatsApp.


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