Hay algo profundamente mágico en los condominios mexicanos. No mágico tipo Disney. Más bien mágico tipo “¿cómo demonios pasó esto?”. Porque uno puede pasar semanas buscando a un propietario para hablar de su adeudo y jamás aparece. No contesta llamadas. No responde WhatsApps. No abre correos. La administración empieza a sospechar que quizá ya emigró, fingió su muerte o entró a un programa de protección de testigos. Pero basta con que abran la alberca el sábado para que reaparezca bronceado, feliz, con hielera, tres invitados y una seguridad emocional que ya quisiera uno para la vida.
Así funciona el ecosistema condominal.
El moroso rara vez se percibe a sí mismo como moroso. Esa es la primera gran lección psicológica de este negocio. Él no cree que está afectando las finanzas del edificio. Él siente que está “teniendo un tema temporal”. Aunque ese “tema temporal” ya lleve más tiempo que algunas relaciones matrimoniales. Y mientras el adeudo crece como humedad en pared vieja, también crece algo todavía peor: la creatividad para justificarse.
Porque el moroso mexicano no solamente debe. También desarrolla narrativas. Algunas verdaderamente espectaculares. Uno escucha historias que podrían competir fácilmente con cualquier telenovela de horario estelar. Que si el banco le congeló la cuenta. Que si el contador se equivocó. Que si la transferencia “rebotó”. Que si “según yo sí pagué”. Que si la administración anterior “no registró bien”. Que si Mercurio retrógrado prácticamente le impidió hacer SPEI.
Y mientras tanto el edificio sigue funcionando gracias a los mismos vecinos responsables de siempre. Esos héroes silenciosos que pagan puntual aunque también tengan problemas, aunque también estén cansados, aunque también odien pagar mantenimiento cada mes igual que todos los demás seres humanos. Porque nadie despierta feliz diciendo: “qué emoción transferir para impermeabilización”.
Pero alguien tiene que hacerlo.
Lo verdaderamente impresionante es que el moroso suele tener una relación emocional muy extraña con el concepto de prioridad. La cuota de mantenimiento siempre queda en último lugar. Debajo del gimnasio, Netflix, las uñas, los drinks del viernes, el viaje improvisado a Valle y probablemente debajo del alimento premium del french poodle. Y aun así existe una indignación genuina cuando el elevador falla o cuando la administración avisa que no hay dinero suficiente para cambiar la bomba de agua.
Ahí sí aparecen inmediatamente los mensajes kilométricos en el grupo de WhatsApp. Porque si algo tiene el moroso profesional, además de adeudo, es una capacidad impresionante para exigir servicios que él mismo está ayudando a quebrar.
Y el grupo de WhatsApp… Dios bendiga y destruya al mismo tiempo los grupos de WhatsApp condominales. Son el equivalente digital de aventar gasolina sobre una fogata emocional. Todo empieza aparentemente tranquilo. “Buenas tardes vecinos, se les recuerda realizar sus pagos de mantenimiento”. Cinco minutos después alguien responde que la administración es un abuso. Otro pone una foto de una fuga. Otro recuerda una cuota extraordinaria de 2019 como si estuvieran reabriendo un crimen de guerra. Y eventualmente aparece el clásico vecino que escribe “YO SÍ PAGO Y EXIJO”. En mayúsculas, por supuesto, porque en México las mayúsculas son la versión escrita de aventar chancla.
Lo que casi nadie entiende hasta que administra un condominio es que las finanzas de un edificio son absurdamente frágiles. Fragilísimas. La gente imagina que porque entran cientos de miles de pesos mensuales existe riqueza infinita guardada en una bóveda secreta tipo Batman. Y no. La realidad suele parecer más un capítulo de “sobreviviendo la quincena”. Porque el dinero se va rapidísimo en cosas que nadie nota hasta que dejan de funcionar. Bombas. Elevadores. Luz. Vigilancia. Limpieza. Fugas. Seguros. Protección civil. Mantenimiento preventivo. Cosas aburridas que nadie aprecia… hasta que explotan.
Y cuando explotan, curiosamente, todos voltean a ver al administrador como si tuviera poderes sobrenaturales. “¿Cómo que no alcanza?”. Pues no alcanza, Patricia. Porque durante dos años quince personas decidieron financiar su existencia con el dinero ajeno mientras el resto subsidiaba la operación del edificio como si fueran beneficencia vertical.
Pero aquí viene la parte más incómoda de todas: muchos condominios también crean a sus propios morosos. Sí. Porque durante años permitieron atrasos sin consecuencias. “Luego paga.” “No pasa nada.” “Hay que entender.” Y claro que hay que entender situaciones reales. Nadie está diciendo que no exista gente pasando momentos económicos difíciles. Pero una cosa es apoyar temporalmente y otra convertir la morosidad en modelo de negocio habitacional.
Porque la tolerancia sin límites eventualmente destruye cualquier comunidad.
Y entonces llega el día en que el edificio necesita algo urgente. Una reparación fuerte. Un cambio importante. Una emergencia real. Y ahí descubren que financieramente están sostenidos con cinta adhesiva y esperanza.
El problema nunca fue solamente el dinero. El problema fue creer que el orden era opcional.
Administrar condominios en México termina enseñando algo muy brutal sobre la naturaleza humana: la mayoría de las personas sí quiere vivir bien, pero no todos quieren participar en el costo colectivo de que las cosas funcionen. Todos quieren agua. Todos quieren seguridad. Todos quieren limpieza. Todos quieren elevadores impecables. Pero cuando llega el momento de pagar, algunos actúan como si les estuvieran cobrando rescate internacional.
Y aun así, pese a todo el caos, las discusiones absurdas, los adeudos imposibles y los dramas vecinales que harían llorar a cualquier terapeuta, los condominios siguen funcionando. De manera extraña. Improvisada. Muy mexicana. Como muchas cosas en este país.
Porque al final, vivir en comunidad es eso: una negociación eterna entre el ego individual y la realidad colectiva.
Aunque algunos todavía crean que el mantenimiento se paga con aplausos y energía positiva.
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