Todo comenzó con buenas intenciones. El grupo de WhatsApp del condominio nació como un espacio noble: avisos urgentes, fugas, cortes de luz, “vecinos, mañana fumigan”. Pero en menos de una semana, se convirtió en el Coliseo Romano digital. Y no hay gladiadores, pero sí emojis pasivo-agresivos, audios de tres minutos y memes con indirectas que harían sonrojar a Maquiavelo.
El vecino del 302 sigue estacionándose mal, y ya no se le pide que respete los cajones: se le manda una cadena de oración. El del 401 comparte recetas de pastel de zanahoria en medio de una discusión sobre cuotas extraordinarias. Y el administrador, que solo quería informar sobre el mantenimiento del elevador, ahora tiene que mediar entre amenazas de demanda y stickers de “ya siéntese señora”.
¿Quién lo administra? Nadie. ¿Quién modera? El caos. Porque en el grupo del condominio, todos opinan, nadie regula y el botón de “salir discretamente” no existe. Si alguien se va, se nota. Y si alguien se queda, también.
El WhatsApp condominal se ha convertido en el tóxico social por excelencia. Más intenso que el grupo de la familia, más impredecible que el del trabajo, y más dramático que el del ex. Aquí no hay moderadores, hay mártires. No hay reglas, hay rencores. Y no hay solución… ¿o sí?
🛠️ La solución no está en silenciar el grupo (aunque tentador), sino en institucionalizar la comunicación digital. Porque sí, se puede tener orden sin perder el toque humano. Aquí van tres medidas para evitar que el grupo se convierta en campo de batalla:
- Crear grupos oficiales con reglas claras. Nada de “todos pueden opinar sobre todo”. Que haya un grupo informativo, uno operativo y, si el espíritu lo permite, uno social. Pero con moderador, límites y cero tolerancia a los audios eternos.
- Limitar los temas. No más recetas, cadenas, debates políticos ni fotos del gato en la ventana. El grupo no es revista de variedades ni mesa de análisis. Es para lo urgente, lo útil y lo verificable.
- Usar plataformas con trazabilidad. Sí, existen apps para eso. Con control de acceso, historial de mensajes y funciones para validar acuerdos. Porque el “yo no dije eso” ya no aplica cuando hay registro digital.
La comunicación condominal no debe ser campo minado. Debe ser puente. Y si el WhatsApp se convierte en zona de guerra, es momento de profesionalizar, institucionalizar y, sobre todo, humanizar. Porque al final, todos queremos lo mismo: vivir en paz, sin que el grupo del condominio nos dé más ansiedad que el recibo del mantenimiento.
Y recuerda: si el grupo se pone tóxico, no hay botón de “salir discretamente”. Pero sí hay opción de transformar el caos en comunidad. Con reglas, respeto… y menos stickers de piolín.

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