Cada condominio tiene su Biblia: el reglamento interno o bien las normas de convivencia. Ese documento solemne que promete orden, respeto y armonía… y que termina siendo ignorado con la misma devoción que los propósitos de Año Nuevo. ¿Es una guía de convivencia o una lista de deseos imposibles? Veamos.
🎧 Artículo 1: “No hacer ruido después de las 10 p.m.”
Hermoso en teoría. Pero en la práctica, ¿cómo se define “ruido”? ¿El karaoke del 402? ¿El taconeo de la señora del 305 que parece ensayar para “Bailando por un sueño”? ¿O el perro del 101 que ladra como si estuviera narrando una telenovela? El reglamento lo prohíbe, sí, pero el eco de la vida real no se apaga con una cláusula.
🚫Artículo 7: “No usar chanclas en el lobby”
Este es un clásico. El lobby, ese espacio sagrado donde algunos creen que deben desfilar como en la alfombra roja. Pero la realidad es otra: vecinos en pijama, niños en crocs, y adultos en chanclas con calcetas. ¿Es falta de respeto o simplemente comodidad? El reglamento sueña con un desfile de etiqueta, pero el edificio vive en modo “domingo eterno”.
🐕 Artículo 12: “Mascotas deben estar en transportadora”
Ideal para gatos zen. Pero ¿quién le explica eso al pug del 204 que se cree guardia de seguridad? O al labrador del 303 que saluda a todos como si fueran sus primos. La transportadora es una utopía, y el pasillo, una pasarela canina. El reglamento lo intenta, pero los lomitos tienen otros planes.
🗑️ Artículo 18: “Depositar la basura en bolsas cerradas”
Este sí debería tatuarse en la frente de algunos. Porque entre bolsas abiertas, líquidos misteriosos y reciclaje improvisado, el cuarto de basura parece zona de guerra. Aquí el reglamento no es exagerado: es desesperado. Y aún así, cada semana hay quien cree que “cerrar la bolsa” es una sugerencia artística.
📜 ¿Entonces, para qué sirve?
El reglamento no es un hechizo mágico. No transforma vecinos ruidosos en monjes tibetanos ni convierte el lobby en Versalles. Pero sí es una brújula. Una guía imperfecta que, con humor y paciencia, puede ayudarnos a convivir sin querer mudarnos cada quincena.
La clave está en entenderlo como un acuerdo colectivo, no como un castigo. Y en actualizarlo con realismo: incluir excepciones, aclarar zonas grises y, por qué no, añadir una cláusula para el karaoke con horario limitado.
Conclusión: El reglamento interno no es una lista de deseos imposibles, pero tampoco una varita mágica. Es un recordatorio de que vivir en comunidad requiere más que reglas: requiere empatía, sentido común… y a veces, tolerancia a las chanclas con calcetas.

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