Ser administrador de un condominio es como ser el director de una orquesta donde cada instrumento tiene opiniones, deudas y un grupo de WhatsApp. La administración condominal no es solo cobrar cuotas y mandar circulares: es una mezcla de diplomacia, contabilidad, psicología y, ocasionalmente, juez de conflictos vecinales.
Primero, el área legal. Aquí es donde uno aprende que la Ley de Régimen condominal no es un libro aburrido, sino una guía de supervivencia. Desde saber qué hacer cuando alguien convierte su balcón en criadero de gallinas, hasta cómo responder cuando un condómino exige que se prohíban los tamales en áreas comunes “por motivos espirituales”.
Luego está el área financiera. ¿Cómo determinar la cuota de mantenimiento? Fácil: se toma el presupuesto anual, se divide entre los condóminos, se multiplica por el número de veces que el elevador se descompone y se le agrega el factor “nadie quiere pagar”. El resultado es una cifra que genera más debate que una reforma constitucional.
El área operativa es donde el administrador se convierte en detective. ¿Por qué hay agua en el sótano? ¿Quién dejó la puerta abierta? ¿Por qué el sistema contra incendios se activa cada vez que alguien cocina pescado? Aquí se aplican planes de mantenimiento, pero también se necesita intuición, paciencia y un buen impermeable.
El área humana es la más compleja. Porque administrar personas es más difícil que administrar tuberías. Hay que mediar entre el señor del 302 que quiere silencio absoluto y la señora del 304 que da clases de zumba con bocinas de concierto. La empatía es clave, pero también lo es saber cuándo poner límites y cuándo simplemente respirar hondo y contar hasta diez.
Y por último, el área administrativa. Aquí se archivan actas, se redactan convocatorias y se intenta que las asambleas no terminen en duelos de Street Fighter. El orden del día debe estar claro, los temas agrupados, y los “asuntos varios” deben evitarse como si fueran spoilers de telenovela.
En resumen, administrar un condominio es como jugar Jenga con reglas legales, emociones humanas y presupuestos ajustados. Pero cuando todo funciona, cuando los vecinos se saludan, del elevador no se quejan y la cisterna no se convierte en piscina olímpica… entonces sí, vale la pena.

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