Todo comenzó el 23 de diciembre, cuando Don Ernesto del 401 decidió que su balcón necesitaba competir con el Zócalo. Instaló 300 luces intermitentes, un Santa inflable tamaño refrigerador y un letrero que decía “¡Feliz Navidad, aunque no me hablen!”. El Santa se desinflaba cada tres horas, lo que provocaba que los niños del edificio pensaran que estaba teniendo una crisis existencial.
Mientras tanto, en el grupo de WhatsApp del condominio, la señora Lulú del 203 propuso una posada comunitaria. Todos aceptaron, excepto el vecino del 305 que respondió con un sticker de “NO”. Nadie sabía si era sarcasmo o una amenaza.
La posada comenzó con entusiasmo. Hubo ponche, villancicos y una piñata con forma de reno que alguien colgó del tendedero del tercer piso. Todo iba bien hasta que el palo de piñata, en manos del sobrino de Lulú, salió volando y aterrizó en el parabrisas del coche del administrador. Silencio. Luego, risas nerviosas. El administrador dijo “no pasa nada”, pero su ojo izquierdo temblaba.
A las 9 p.m., comenzó la música. Primero villancicos, luego cumbia navideña, y finalmente “Navidad con perreo” a todo volumen. El Santa inflable, ya medio caído, parecía bailar con resignación. Las mascotas del edificio entraron en pánico cuando alguien decidió celebrar con pirotecnia. El gato del 302 se escondió en el horno (apagado, por suerte), y el perro del 104 se unió a la posada con gorro navideño y mirada de trauma.
El estacionamiento se convirtió en zona de guerra. Las visitas llegaron en masa y aparcaron donde pudieron: sobre las líneas, fuera de las líneas, y en un caso extremo, encima de una jardinera. El vecino del 206, al ver su lugar ocupado, dejó una nota que decía “Feliz Navidad, pero esto no se queda así”.
A las 11 p.m., alguien intentó cantar “Noche de Paz” pero fue interrumpido por un niño gritando “¡Ya rompieron la piñata otra vez!”. El reno piñata había sido reventado por segunda vez, esta vez por el palo improvisado de una escoba. Los dulces cayeron sobre el Santa desinflado, que ya parecía pedir ayuda.
Finalmente, a medianoche, todos se abrazaron, brindaron y prometieron que el próximo año harían una fiesta más organizada. El vecino del 305 apareció misteriosamente con una charola de buñuelos, sin decir palabra. Fue el momento más navideño de la noche.
Y así terminó la Navidad en el condominio: con luces parpadeantes, mascotas traumatizadas, autos mal estacionados y un Santa inflable que nunca volvió a levantarse. Pero también con risas, abrazos y la certeza de que, aunque el reglamento diga muchas cosas, la verdadera convivencia se construye entre piñatas voladoras y ponche compartido.

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