Democracia vecinal y otras formas de sufrimiento colectivo
Toda persona que jamás ha asistido a una asamblea condominal cree que son reuniones organizadas, civilizadas y productivas. Imaginen eso: vecinos maduros tomando decisiones responsables sobre el bienestar colectivo del edificio. Qué concepto tan hermoso. Tan inocente. Tan completamente alejado de la realidad mexicana.
Porque una asamblea de condóminos no es una junta.
Es un reality show sin presupuesto.
Todo comienza de forma aparentemente normal. La convocatoria dice: “Primera llamada 7:00 pm.” Eso ya es ficción desde el inicio porque todos saben que la reunión realmente empezará una hora después mientras media asamblea pregunta: “¿Ya hay quórum?”
Y ahí están todos llegando lentamente con energía de personas que no querían asistir pero tampoco quieren perder oportunidad de reclamar algo.
El administrador intenta mantener orden desde el principio. Lleva carpeta, estados financieros, reportes, cotizaciones y probablemente un nivel de ansiedad clínicamente preocupante. Porque sabe perfectamente lo que viene.
Y siempre empieza igual: “Bueno vecinos, vamos a iniciar…”
Grave error.
Porque automáticamente aparece el primer personaje legendario de toda asamblea mexicana: el vecino que cree que la reunión gira alrededor de él. Esa persona que levanta la mano para decir: “Antes de empezar, quiero tocar un punto.”
Ese “punto” dura cuarenta minutos.
Y curiosamente nunca tiene relación con el orden del día. Empieza hablando del mantenimiento y termina conectando temas internacionales, corrupción sistémica, experiencias traumáticas del estacionamiento y probablemente algo sobre cómo “antes sí había valores”.
Mientras tanto el resto de vecinos empieza lentamente a perder la voluntad de vivir.
Pero el verdadero espectáculo apenas comienza.
Porque las asambleas tienen una capacidad impresionante para convertir temas absurdamente pequeños en conflictos diplomáticos de máxima tensión. Una planta mal colocada. El color del lobby. Un perro que usa el elevador. Una bicicleta en un pasillo. Cosas que en teoría deberían resolverse en tres minutos terminan convertidas en debates filosóficos sobre convivencia humana, derechos individuales y decadencia social contemporánea.
Y todos hablan con intensidad desproporcionada.
La señora del 202 discute sobre la maceta como si estuviera negociando tratado de paz internacional. El vecino del penthouse explica por qué mover una mesa del lobby representa “falta de visión administrativa”. Y el del 403, que jamás aparece en nada, decide intervenir únicamente para empeorar absolutamente toda la conversación.
Mientras tanto el administrador sonríe falsamente intentando mantener estabilidad emocional aunque por dentro ya esté calculando cuánto costaría irse a vivir a una montaña sin internet.
Lo más impresionante de las asambleas es cómo transforman a personas completamente normales en gladiadores vecinales. Gente tranquila, amable y funcional durante el día se convierte en estratega de guerra cuando escucha la frase: “cuota extraordinaria”.
Ahí sí todos despiertan.
Porque nada une más a los vecinos que sospechar que van a gastar dinero.
De repente aparecen expertos financieros improvisados:
- “Eso está muy caro.”
- “Mi primo lo hace más barato.”
- “¿Y si mejor lo pintamos nosotros?”
- “No creo que el elevador necesite mantenimiento tan seguido.”
Claro, Javier. También podríamos operar cirugía dental viendo tutoriales de YouTube. Total, ¿qué podría salir mal?
Y luego llega el momento más peligroso de toda asamblea: las votaciones.
Ese instante donde la democracia condominal entra en fase experimental. Porque nadie escucha instrucciones completas, todos hablan al mismo tiempo y eventualmente ya nadie sabe exactamente qué se está votando.
“¿Estamos votando el presupuesto o la impermeabilización?” “No, era lo de vigilancia.” “Yo entendí que la planta.” “¿Entonces ya quedó o no quedó?”
Caos absoluto.
Y aun así, milagrosamente, las asambleas siguen funcionando. Más o menos. Como muchas instituciones mexicanas: sostenidas parcialmente por reglamento y parcialmente por improvisación emocional colectiva.
Pero detrás del humor existe algo importante: las asambleas sí son fundamentales. Son el corazón operativo de cualquier condominio. El problema no es la existencia de opiniones distintas. El problema es la falta de cultura condominal.
Porque vivir en comunidad requiere algo muy difícil: entender que no siempre se hará lo que cada individuo quiere.
Y eso en México cuesta muchísimo trabajo.
Muchos vecinos llegan a las asambleas no para construir acuerdos, sino para ganar discusiones. Para demostrar quién tiene razón. Para desahogar frustraciones acumuladas desde hace años. Y ahí es donde todo se rompe.
Porque una comunidad no sobrevive cuando todos quieren imponer y nadie quiere escuchar.
Y aun así, pese al drama, las interrupciones, los gritos, las discusiones eternas y las peleas por macetas dignas de patrimonio cultural, algo extrañamente hermoso ocurre en esos espacios: la gente intenta convivir.
Torpemente. Ruidosamente. Muy mexicanamente.
Porque al final, vivir en condominio es exactamente eso: un experimento social donde personas completamente distintas intentan compartir espacios comunes sin destruirse mutuamente.
Aunque a veces falte muy poco para que sí ocurra.

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