🏢 “Administrar un condominio: entre Excel, vecinos y milagros”

Ser administrador de un condominio es como ser el director de una orquesta donde cada instrumento tiene opiniones, deudas y un grupo de WhatsApp. La administración condominal no es solo cobrar cuotas y mandar circulares: es una mezcla de diplomacia, contabilidad, psicología y, ocasionalmente, juez de conflictos vecinales.

Primero, el área legal. Aquí es donde uno aprende que la Ley de Régimen condominal no es un libro aburrido, sino una guía de supervivencia. Desde saber qué hacer cuando alguien convierte su balcón en criadero de gallinas, hasta cómo responder cuando un condómino exige que se prohíban los tamales en áreas comunes “por motivos espirituales”.

Luego está el área financiera. ¿Cómo determinar la cuota de mantenimiento? Fácil: se toma el presupuesto anual, se divide entre los condóminos, se multiplica por el número de veces que el elevador se descompone y se le agrega el factor “nadie quiere pagar”. El resultado es una cifra que genera más debate que una reforma constitucional.

El área operativa es donde el administrador se convierte en detective. ¿Por qué hay agua en el sótano? ¿Quién dejó la puerta abierta? ¿Por qué el sistema contra incendios se activa cada vez que alguien cocina pescado? Aquí se aplican planes de mantenimiento, pero también se necesita intuición, paciencia y un buen impermeable.

El área humana es la más compleja. Porque administrar personas es más difícil que administrar tuberías. Hay que mediar entre el señor del 302 que quiere silencio absoluto y la señora del 304 que da clases de zumba con bocinas de concierto. La empatía es clave, pero también lo es saber cuándo poner límites y cuándo simplemente respirar hondo y contar hasta diez.

Y por último, el área administrativa. Aquí se archivan actas, se redactan convocatorias y se intenta que las asambleas no terminen en duelos de Street Fighter. El orden del día debe estar claro, los temas agrupados, y los “asuntos varios” deben evitarse como si fueran spoilers de telenovela.

En resumen, administrar un condominio es como jugar Jenga con reglas legales, emociones humanas y presupuestos ajustados. Pero cuando todo funciona, cuando los vecinos se saludan, del elevador no se quejan y la cisterna no se convierte en piscina olímpica… entonces sí, vale la pena.

💀 Los condóminos que ya fallecieron y el administrador sigue recordando en el Día de Muertos

Cada 2 de noviembre, el administrador del condominio, Don Ramiro, se transforma. Cambia su letrero de “Prohibido estacionarse aquí” por una de flores de cempasúchil, y saca del cuarto de mantenimiento una caja etiquetada como “Ofrenda 2017–presente”. Dentro hay velas, papel picado, fotos enmarcadas y una calaverita de azúcar con la palabra “Vecino” escrita en glaseado.

Don Ramiro no olvida. En su altar comunitario, justo al lado del buzón de quejas, coloca retratos de los condóminos que ya fallecieron pero dejaron huella… y a veces deudas.

Primero está Doña Chayo del 102. Siempre regañaba a los niños por correr en el pasillo, pero en su ofrenda hay mazapanes y una mini escoba, porque “aunque se quejaba, siempre barría su tramo”. Su retrato tiene una sonrisa leve, como diciendo “no me hagan ruido”.

Luego está Don Toño del 305, quien organizaba las mejores fiestas patrias. En su altar hay una botella de tequila vacía (por respeto), una bocina miniatura y una nota que dice “Favor de no subir el volumen después de las 10 p.m.”. Don Ramiro dice que cada año, la bocina se enciende sola. Nadie le cree, pero todos se asoman.

También está la señora Irma del 204, famosa por sus plantas. En su ofrenda hay una maceta con una suculenta que, según Ramiro, “nació solita en el pasillo después de que ella falleció”. Su retrato está rodeado de flores de cempasúchil y una etiqueta que dice “No regar en exceso”.

Y cómo olvidar a Don Beto del 501, quien nunca pagó la cuota de mantenimiento pero siempre saludaba con cariño. En su altar hay una moneda de chocolate, una copia del reglamento y una calaverita con cara de “yo no fui”. Ramiro dice que lo recuerda con cariño… y con interés acumulado.

Pero el que tiene lugar especial es Miguel del 110, fotógrafo de la Fórmula 1 y revolucionario condominial de corazón. Cuando decidimos bloquear la entrada del edificio por aquel conflicto con la seguridad, Miguel fue el primero en plantarse con su cámara y su frase legendaria: “Aquí estamos, a pie de lucha”. En su ofrenda hay una mini cámara, una gorra con el logo de Ferrari y una pancarta diminuta que dice “¡Unidad vecinal ya!”. Ramiro dice que si escucha pasos firmes en la madrugada, sabe que es Miguel haciendo guardia espiritual.

La ofrenda se convierte en punto de encuentro. Los vecinos dejan pan de muerto, papel picado y hasta una cartita. La niña del 302 dejó un dibujo de Doña Chayo con alas y una escoba. El administrador lo enmarcó.

Al final del día, Ramiro se sienta frente al altar, prende una vela y dice: “Aquí seguimos, con juntas, fugas y fiestas. Pero ustedes siguen siendo parte del condominio. Aunque ya hayan fallecido, siguen dando de qué hablar”.

Y así, entre velas, recuerdos y una bocina que sí se encendió sola (según él), el Día de Muertos en el condominio se convierte en una celebración de vida, risas y anécdotas que ni el reglamento puede borrar.