Si algo puede salir mal, saldrá mal. Y si vives en un condominio, probablemente saldrá mal justo cuando hay junta, el elevador está en huelga y alguien decidió organizar una fiesta clandestina con karaoke a las 3 a.m. Por eso, tener un plan de contingencias no es lujo: es necesidad, supervivencia y, en algunos casos, terapia preventiva.
Un buen plan de contingencias es como ese amigo que siempre lleva paraguas aunque haya sol. No es paranoia, es previsión. Porque en el mundo condominal, los imprevistos no avisan: simplemente llegan, se instalan y piden café.
¿Ejemplos? Claro. Inundación en el sótano porque alguien confundió el cuarto de bombas con el jacuzzi. Incendio en el área de basura porque el vecino del 402 pensó que los fuegos artificiales eran biodegradables. O el clásico: corte de luz justo cuando hay simulacro y el portero está atrapado entre dos pisos con el carrito de limpieza.
Entonces, ¿qué debe tener un plan de contingencias? Primero, sentido común. Sí, ese recurso escaso pero valioso. Porque no basta con tener extintores: hay que saber dónde están, cómo usarlos y que no estén decorados con luces navideñas.
Segundo, rutas de evacuación. Y no, no vale decir “por donde entramos”. Las rutas deben estar señalizadas, despejadas y no pasar por el cuarto de bicicletas, que suele convertirse en laberinto de obstáculos. Idealmente, deberían incluir puntos de reunión seguros, lejos de cables, árboles con vocación de caída y vecinos que gritan “¡yo lo dije en la junta!”
Tercero, roles definidos. Porque en medio del caos, alguien debe saber qué hacer. No todos pueden ser brigadistas, pero todos deben saber quién lo es. Y no, el señor que siempre lleva sombrero no es automáticamente el líder de evacuación, aunque tenga porte.
Cuarto, comunicación. Un grupo de WhatsApp no es suficiente si nadie lo revisa. Se necesitan protocolos claros: silbatos, radios, megáfonos o, en su defecto, vecinos con voz de locutor. Lo importante es que el mensaje llegue, no que se convierta en cadena de memes.
Y quinto, práctica. Porque un plan sin simulacro es como un botiquín sin vendas: decorativo. Practicar al menos una vez al año ayuda a detectar fallas, ajustar tiempos y descubrir que la puerta trasera no abre desde 1998.
En resumen, un plan de contingencias es como tener seguro emocional para el edificio. No evita los problemas, pero te prepara para enfrentarlos sin convertir la junta en episodio de telenovela. Así que, si Murphy vive en tu condominio, que al menos sepa que tú tienes extintor, ruta, megáfono y nervios de acero.
Y si todo falla… siempre queda el café, el croquis y la esperanza de que el próximo simulacro no coincida con el cumpleaños del vecino DJ.
