El Arte de Administrar Condominios (o cómo sobrevivir a la ingratitud digital)
Últimamente, me he topado con varias «reseñas creativas» en páginas de denuncias. Es preocupante ver cómo una persona con un teclado y algo de tiempo libre puede intentar manchar años de trayectoria. Afortunadamente, en este gremio nos conocemos todos: sabemos quién es un profesional serio y quién es un «personaje de ficción» que actúa por revancha tras recibir un aviso de morosidad o ver que su capricho no se convirtió en acuerdo.
La Administración: Ese trabajo de 24/7 (y un poquito más)
La ingratitud en este ramo es un fenómeno digno de estudio científico. La gente cree que si no te ven físicamente en el pasillo, estás descansando, ignorando que la magia ocurre tras bambalinas: planeando, capturando, organizando y resolviendo crisis que ellos ni siquiera saben que existieron.
Se espera que el administrador sea una especie de navaja suiza humana: que sepa de leyes, plomería, contabilidad, psicología forense y, de paso, que tenga el don de la omnipresencia.
El Superpoder de la Inteligencia Emocional
Siempre lo digo en mis cursos: a la gente no le gusta tratar con la gente, pero a nosotros nos toca ser el amortiguador. Para sobrevivir aquí no solo necesitas un título, necesitas una armadura de inteligencia emocional. Nos enfrentamos a una colección de educaciones, estilos de vida y formas de comunicación que harían palidecer a un diplomático de la ONU.
A veces, aunque hayas transformado el condominio en un resort de lujo, serás juzgado por el foco que se fundió hace diez minutos. Y no falta el vecino que recuerda con cariño el eslogan de: «¡Usted es mi empleado!», como si eso nos diera automáticamente superpoderes para estar en tres torres al mismo tiempo.
Un camino cuesta arriba
El panorama no es sencillo. Tenemos obstáculos por todos lados:
- Condóminos: Que nos culpan hasta del clima.
- La PROSOC: Con sus requisitos infinitos y capacitaciones que, honestamente, tienen más comedia que contenido técnico (mientras que al administrador-condómino solo le piden «ganas de participar»).
- Colegas: Que en lugar de hacer gremio, parecen practicar el tiro al blanco con el vecino de profesión.
- Opinólogos: Personas que dan cátedra de administración sin haber sobrevivido a una asamblea de domingo por la mañana.
Reflexión final: La clave para erradicar esta cultura de la queja vacía es la empatía y la profesionalización real. Solo cuando logremos que se entienda el valor estratégico de nuestra labor, dejaremos de ser «el que cobra las cuotas» para ser los gestores del patrimonio ajeno.
